La historia detrás de «La esperanza nos está matando»

Esta entrada es una traducción al español de un ensayo publicado originalmente en inglés por theforeshadowboxer.com

 

Mi padre pasó muy poco tiempo con sus padres: perdió a su mamá cuando era muy pequeño, y a su papá cuando solo tenía 21 años.

Siendo niña, unos 20 o 30 años después, nunca llegué a comprender del todo lo difícil que fue eso para mi padre. Cuántos cumpleaños y aniversarios de fallecimiento pasaron que le pesaban en el corazón, mientras yo ignoraba por completo su dolor.

Sin embargo, de vez en cuando él hablaba de ellos. En su mayoría, eran historias tristes que apuntaban a una infancia difícil, pero también hablaba de cómo deseaba que su papá hubiera podido conocernos a mis hermanos y a mí. Hablaba de los viajes de campamento «al norte» que fueron momentos álgidos de su juventud. Y hablaba de esos videos que él y dos de sus hermanos (y, en ocasiones, su padre) habían grabado con una vieja cámara de 8mm y que se encontraban guardados en el sótano de su hermano menor. A veces se lamentaba de la falta de fotos de sus padres —solo tenía una de su mamá y dos o tres de su papá— y decía que esperaba poder mostrarme algún día esos rollos.

Pero pasaron los años. Incluso décadas. Y nunca llegó a mostrármelos.

Avancemos rápidamente hasta 2020, cuando todo nuestro mundo se vino abajo. Después de perder a mi padre, poco a poco durante años a causa de una devastadora enfermedad neurodegenerativa, lo perdimos por completo en 2020, justo cuando estábamos intensificando la lucha para que mi mamá entrara en la lista de espera para trasplantes. Ella luchó valientemente en medio de una pandemia mundial; superó todas las adversidades; y logró entrar en la lista de espera. Y, sin embargo, apenas seis meses después de perder a mi padre, la perdimos a ella también.

Y entre sus dos muertes —los extremos de un año infaliblemente cruel— se produjo la pérdida del hermano menor de mi padre.

Sufrimos estas pérdidas, y más, en un momento en que el mundo estaba paralizado. En un momento en que los funerales se posponían y todas las posibles vías de distracción de nuestro dolor estaban cerradas o eran inseguras, especialmente porque un médico me dijo que una enfermedad suscitada por el trauma que desarrollé tras la pérdida de mis padres me ponía en un riesgo elevado.

Pero entonces, un destello de luz: mi prima encontró esos viejos carretes mientras revisaba las cosas de su padre y se encargó de digitalizarlos a mano. Y cuando terminó, hizo algo especialmente amable: guardó copias en unos dispositivos de memoria USB y se los envió a todos los primos. Ese trozo de plástico de dos pulgadas se convirtió en el regalo más preciado.

Por primera vez en mi vida, pude ver los videos caseros de los que mi padre me había hablado. Y lo que más me sorprendió —lo que más feliz me hizo— fue ver todo el amor que había formado parte de su vida familiar. Pude ver a su propio padre riendo, sonriendo, caminando y patinando. Pude ver a muchos de sus hermanos (¡y a su propia abuela!) reunidos para una fiesta de graduación de la secundaria. Pude ver a su padre fingiendo llorar mientras le decía adiós con la mano cuando se fue a la universidad. Pude ver el interior de la casa de su infancia y acompañarlo en algunos de esos viajes al norte. Y, para mi sorpresa, las cintas duraban más de lo que pensaba e incluso incluían su noviazgo y posterior matrimonio con mi madre. Un viaje al zoológico con mi hermano y mi hermana cuando eran niños pequeños (unos años antes de que yo hiciera mi gran entrada en el mundo) fue lo último de las cintas.

Vi un video tras otro, inundada de contradicciones: tristeza y alegría, dolor y celebración. Claridad al ver cómo algunas de las historias de mi papá cobraban vida; confusión ante la cantidad de rostros y lugares que no reconocía. Estaba más que emocionada de poder ver por fin estos rollos y, sin embargo, devastada porque mi padre no los estuviera viendo conmigo.

Pero más allá de mi vínculo familiar con estos videos, había algo que resonaba en mi fotógrafa interior: un cierto arte en cómo captaban los ángulos, el movimiento y la luz. Una celebración de la familia, de este planeta y de la vida. Una historia viva y palpitante de una época pasada.

Le pregunté a mi esposo, que se encontraba en plena grabación de un álbum inspirado por la pérdida de mis padres en plena pandemia, si estaba trabajando en alguna canción en la que estas grabaciones «encajaran».

Respondió «sí» sin dudar y me contó más sobre la canción: «La esperanza nos está matando». Cuando terminó de trabajar en ella, me puse a tomar más de dos horas de material que abarcaba casi dos décadas y lo reduje a cuatro minutos y cuarenta segundos. No fue una tarea fácil —hay tanto material maravilloso—, pero mantuve mi enfoque en la canción y el ritmo, y con el tiempo todo encajó. 

Y, sinceramente, en más de un sentido: mis padres se habían sentido muy orgullosos de aparecer en la portada del primer álbum de mi esposo. Mi papá solía usar la camiseta con la ilustración de la portada, y tenían la calcomanía de la portada exhibida con orgullo en su auto. Escuchaban principalmente rock de los 60 y música country, y solo mi papá hablaba español, y sin embargo: les encantaba ese diminuto álbum de shoegaze en español y eran entre los mayores fans de mi esposo.

Incluirlos en el video de una canción sobre su pérdida, en un álbum dedicado a ellos, simplemente tenía sentido. Y, sin embargo, el video no es solo para ellos: es para todos aquellos que hemos perdido y para aquellos, como los padres de mi papá, a quienes nunca llegamos a conocer. Es para la familia y los amigos que soportaron estas pérdidas con nosotros.

Y para aquellos que están más allá de nuestro círculo: los que se maravillan ante el paso del tiempo. Los que atraviesan con denuedo lo amargo para saborear lo dulce. Los que viven y respiran las melodías del mundo: las discordantes… y las armoniosas.